ASOCOLDEP

El último viaje de una soñadora

El pasado 26 de enero falleció Marta Bonilla, fundadora del Liceo Juan Ramón Jiménez y pionera de la innovación educativa en el país.

Cuando en 1962, Marta Bonilla Gamboa, filósofa egresada de la Universidad Nacional, decidió que su vida iba a estar marcada por la creación de un colegio, sabía que emprendía un camino mágico sin retorno. Junto a Manuel Vinent, un matemático catalán que había huido de la España franquista, tenía claro que la educación era el vehículo ideal para la transformación de la sociedad.

Pero no era una educación cualquiera, precisamente tenía que ser un modelo que se atreviera a cuestionar los métodos tradicionales a través de la creatividad y el arte, preguntándose por aspectos que en la época se daban por sentados en los colegios, como el carácter confesional, el uso de uniformes, himnos y otros símbolos de pertenencia, cuyo valor aún debería ser discutido.

Lo que había detrás del proyecto de Marta y Manuel era la clara lectura de una realidad que los seres humanos no se pueden permitir. Una realidad en donde los autoritarismos, la violencia y la incomprensión del otro son incentivos engañosos que van en contravía del bienestar común. Una realidad que desafortunadamente no parece distar mucho a la de hoy en día.

En una intervención durante la conmemoración de los 30 años del Liceo en el año 1992, Marta explicaba cuál fue el motor de la iniciativa: “Bajo la idea de que todo autoritarismo genera violencia, proponíamos que la aceptación de las diversas formas de expresión cultural, racial, religiosa y social debería conducir a la formación de una actitud no dogmática y sí integradora”.

Por eso no resulta extraño que muchas de quienes fueron sus interlocutoras desde los años sesenta, recuerden un discurso claro y revolucionario sobre el papel de la mujer en la sociedad y la necesidad de transformarlo. Hoy, cuando las luchas alrededor de este tema se multiplican y toman fuerza dejando en evidencia los errores de la historia, esa resistencia temprana resulta aún más valiosa.

En el proceso necesario de transformar la realidad, la capacidad creativa tiene un papel preponderante. Por eso, los niños, jóvenes y maestros se mueven permanentemente entre la poesía y la matemática, la música y la literatura, la pintura y el juego. El gran potencial del arte es no cesar de buscar cómo alcanzar el objetivo mayor: la libertad. Entender más allá de lo que se enuncia, hablar consigo mismo, reconocer al otro.

Se va una maestra de maestros pero queda un legado que enaltece el oficio del profesor. Deja también un permanente y ya imborrable llamado a seguir soñando y a perseguir incansablemente las utopías, una invitación a conversar y a propiciar encuentros con aquello que se piensa como ajeno. Si bien nunca fue una militante, no dudaba en pensar la política como una posibilidad de superación de las injusticias y las desigualdades.

Marta se despidió frente a un coro compuesto por alumnos, exalumnos y profesores, que como si de un último mensaje de paz y convivencia se tratara, supieron acompañar con sus voces la ceremonia religiosa y conjugarla con algunas de las más emblemáticas canciones en la historia del Liceo. Familias, estudiantes, maestros, amigos, compañeros y colegas se hicieron presentes para recordar en un emotivo adiós a una mujer que tuvo el gran don de hacer soñar a los demás.

Leave a comment

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.