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¿Por qué sí estudiar humanidades?: el discurso de grado a una generación

Gerardo Ardila, director del Centro de Estudios Sociales de la Universidad Nacional, respondió a una de las principales malestares de quienes estudian hoy estas carreras que como él mismo reconoce no garantizan “dinero” ni extraordinarios “ascensos”.

“Agradezco al señor rector Rafael Santos, rector de esta universidad, por su amabilidad al invitarme a compartir unos minutos con ustedes en esta mañana que tiene tanto de triunfal en la historia de sus vidas, de la de todos los que están aquí. Porque muy pocas veces son tan claras las relaciones entre nosotros y los que amamos como cuando nos enfrentamos a la desgracia o al triunfo. De eso quisiera conversar hoy: de nuestra soledad, del abandono, de la lucha cotidiana por la subsistencia que, a veces, termina por ocultar la belleza de la vida.

Pero estoy consciente de que no se puede hablar de todo eso sin hablar del hecho de que ustedes están aquí hoy, gracias a una cadena casi infinita de solidaridades, reciprocidades y, sobre todo, de amor. Muchas personas aceptaron hacer cosas para que ustedes pudieran venir a sus clases, desde trabajar para pagar sus gastos, hasta cuidar a sus niños o preparar sus cosas. Otros entregaron su tiempo libre y pospusieron sus afanes propios para ayudarlos a avanzar en su proceso. Ustedes todos lo saben, aunque no lo hacen explícito, porque una de las características del amor es que no reclama nada a cambio, ni siquiera la sensación de bienestar por haber hecho algo por alguien; sólo lo hacemos y ya está.

Tengo también la certeza de que quienes están aquí decidieron formarse para algo que tiene mucho que ver con la ayuda, con el amor, con la necesidad de comprender, y muy poco que ver con el ascenso o el dinero. Esto, porque todos somos conscientes de que aquí, en las humanidades, no hay nada de eso. Pero lo más importante es que llegamos aquí porque necesitamos entender. Una manera muy común, pero al mismo tiempo muy profunda de definir lo que hacen las escuelas de ciencias sociales y humanidades es decir que “enseñan a pensar”. Eso significa que nos enseñan el valor de “elegir” cómo pensamos y qué escogemos para pera pensar en ello. Eso es mucho más importante de lo que podemos sospechar.

Desde antes de nacer, estamos recibiendo información a través de nuestras madres, de sus oficios, de sus movimientos, de sus limitaciones y riquezas. La interpretación que hacemos de esa información valiosa se concentra en unos pocos datos claves que nos ayudan a “traducir” y a “dar sentido” a todo lo que vemos, a todo lo que hacemos, a todo lo que vivimos; es decir, nos permite un nivel primario de “entender” las cosas.

Pero, como ese entendimiento nos funciona en las cosas de lo cotidiano, en los actos que no evaluamos ni valoramos, desde saltar de la cama o deslizarse desde ella en la mañana, (muchas veces aún en la noche como lo deben hacer tantas mujeres que viven al tiempo dos o tres existencias para “cumplir” con todos); buscar un desayuno o tan sólo encontrarlo listo; salir a la calle para rebuscar la vida o para dejarla pasar sin darnos cuenta; como ese entendimiento parece suficiente, les decía, entonces no nos damos cuenta de que vamos construyendo el mundo desde adentro de nosotros mismos y de que el sentido de las cosas depende de nuestras experiencias, sentimientos y sensaciones. Lo alto y lo bajo, lejos y cerca, arriba y abajo, dependen de nosotros, así que un objeto alto y lejano lo es porque es más alto que yo y no está a mi alcance. Mejor dicho, el mundo parece estar hecho a mi medida, que es la medida de todas las cosas.

Para ilustrar esto se ha hecho recurrente una historia que refiere una conversación entre un par de personas, la una muy creyente y la otra atea. El ateo cuenta que hace pocos días estaba de regreso a casa en la mitad de un inmenso lago cuando una tormenta desató un oleaje descomunal, lo oscureció todo, volteó su barca y lo puso al borde de la muerte; que tuvo tanto miedo de perder la vida que rogó a Dios que lo ayudara. El creyente sonrió y adelantó su comentario dando la bienvenida al ateo al redil de los creyentes: “si estás vivo aquí es una prueba de que Dios te escuchó”. Y el ateo replicó: “no hombre, sólo tuve la suerte de que aparecieron dos pescadores que venían en una barca grande y me sacaron del agua y me salvaron”.

Ustedes podrán suponer lo que sigue de la historia, pues el creyente vio en la aparición “milagrosa” de los pescadores la mano de Dios, mientras que el ateo continuó en su explicación de que sólo la suerte los había puesto en su destino. Como humanistas o científicos sociales no podemos decir cuál de las dos es verdad y cuál es falsa o errónea, sino que nos limitamos a resaltar que la misma experiencia puede ser interpretada de maneras completamente diferentes por dos personas distintas dependiendo de sus creencias, de sus experiencias con sus formas particulares de construir el sentido de las cosas.

Esta manera de construir nuestra relación con el mundo se basa en una peligrosa arrogancia, como lo muestra bellamente David Foster Wallace, en su discurso ante estudiantes que se graduaban, del que hoy me estoy alimentando para poder hablarles. Estamos tan seguros de nuestra forma de ver el mundo desde nuestros únicos lentes, que creemos que toda evidencia contraria es una equivocación. Todo esto para concluir que lo único que nos puede dar la universidad es la capacidad de cuestionar esa confianza: que nos enseña a pensar significa hacernos a cada uno “un poco menos arrogante, tener “conciencia crítica” de mí mismo y de mis certidumbres… porque un gran porcentaje de las cosas de las que suelo estar automáticamente seguro resultan ser completamente erróneas y fruto del autoengaño”.

En fin, graduarse en humanidades es decidir trabajar en un campo en el que no hay ni la aparente tranquilidad de las certezas y la arrogancia, ni las aparentes ventajas de la riqueza rápida y la ilusión del poder. Es una decisión que implica buscar en uno mismo a cada instante y elegir los pensamientos que queremos tener para darle sentido a nuestras vidas: ¿Por qué salgo de la cama en la mañana?, ¿qué comí al desayuno?, ¿quién estuvo detrás de cada trabajo que llevó un alimento hasta mí, desde la naturaleza hasta la cadena de personas que lo hicieron posible? ¿Cómo logro pensar que no soy el único que lleva prisa, que tiene cansancio, el único que tiene miedo de los que los “otros” lo agredan porque no me entienden? Yo soy como ellos y ellos son como yo soy. Esos “ellos” también tienen miedo de mí y me evitan, no tenemos confianza, no esperamos nada de los demás…

También se puede ver de otra manera: la principal tarea de los humanistas es la de crear lazos comunicantes, la de facilitar comunicaciones; somos, ante todo, comunicadores. Sólo imaginemos que cada individuo sólo puede ver el mundo desde su limitada posición individual, desde la cual trata de tender redes que lo comunican con cada uno de los otros, pero sin querer renunciar a su interpretación única de las cosas. La imagen es la de una miríada de nodos enredados entre sí, pero incapacitados para dejar fluir mensajes de unidad y criterios compartidos.

Ahí tenemos nuestra tarea como constructores de comunidad, es decir como buscadores de sentidos compartidos y de sus formas de comunicarse. Pero esta no es una tarea fácil, si aceptamos que nosotros somos, también, cada uno, uno de esos nódulos y que debemos elegir los pensamientos que tienen valor para construir la comunidad. Esa es la opción que nos da la vida: la de elegir qué queremos pensar, cómo y para qué.

Santiago Mutis, quien ha sido maestro de muchos de ustedes, muestra que Gabriel García Márquez describe esto en su cuento sobre el coronel, su mujer y su gallo, un cuento sobre: “cómo vivir, porqué vivir y para qué; y, claro, de qué vivir.

Es un gallo contante y sonante –dijo. Hizo cálculos mientras sorbía una cucharada de mazamorra-. Nos dará para comer tres años.

La ilusión no se come –dijo la mujer.

No se come, pero alimenta –replicó el coronel…” (Mutis 2016: 45).

Bueno… ingresar a esta gran comunidad del humanismo no sería posible sin una protección: esa protección es nuestra recurrencia a la necesidad de la esperanza. El amor es la fuente de la vida, pero la esperanza es la fuerza del amor. La esperanza no es esperar a que las cosas pasen; la esperanza es la acción, porque creemos que las cosas pueden pasar si trabajamos por ellas. Como personas convencidas de la necesidad del cambio, de que la vida se impondrá sobre la muerte y de que la guerra dará paso a la sensatez, la discusión, la elección de caminos compartidos después de pelearnos armados de nuestras ideas sobre ellos, los invito a hacer la revolución de la esperanza. No dejemos que el miedo a la oscuridad nos impida encontrar la luz. La esperanza es el mapa de los senderos por los que se trazan y liberan los lazos comunicantes.

Otra enseñanza de la universidad, contra la arrogancia, es que el conocimiento humano es mucho más que las lecciones de la academia. Que hay una diversidad de pensamientos, de filosofías y de culturas que nos ofrecen visiones de la vida y maneras de vivir muy valiosas y en las que podremos encontrar claves fundamentales para superar nuestras limitaciones, si somos capaces de escucharlas. Frente a las tendencias de crecimiento constante y la ruptura de la relación entre naturaleza y cultura, entre mente y cuerpo (Bateson 1972), frente a la visión de los humanos como “dioses” capaces de “dominar” a la naturaleza (y por ese camino a los demás seres humanos), tenemos en América Latina otras formas de entender esas relaciones, que nos iluminan el camino. En medio de la diversidad de sus tradiciones culturales, los descendientes de los esclavizados africanos y los indígenas latinoamericanos comparten una visión integral de la relación entre los humanos y la naturaleza. En sus tradiciones filosóficas (culturales), en sus prácticas sociales y políticas, y en sus instituciones económicas, encontramos algunos modelos alternativos.

Los pueblos indígenas de América Latina han construido sistemas filosóficos coherentes y consistentes con una visión en la que los seres humanos no tienen dominio ni superioridad sobre una naturaleza dependiente y subordinada, por lo que tampoco requieren armonizar con el mundo natural. Gerardo Reichel-Dolmatoff explica el sentido de esa visión recurriendo a su conocimiento de los Tukano de la selva amazónica: “La naturaleza, desde su punto de vista, no es una entidad física que exista aparte del hombre y, por consiguiente, éste no puede enfrentársele u oponérsele, ni armonizar con ella como si fuese entidad separada”. Los seres humanos pueden “ocasionalmente desequilibrarla al funcionar defectuosamente como parte de la naturaleza”, pero nunca pueden existir independientemente de ella, como escribió Reichel-Dolmatoff.

Entre el siglo XVI y el XIX entraron, tan sólo en Brasil, alrededor de 3.5 millones de esclavizados africanos (Freixa 2014), procedentes de muy diversos reinos y regiones: Angola, Ghana, Congo, Guinea, Malí. Hoy Brasil tiene una población de afrodescendientes que supera los 90 millones de personas. No hay lugar de América Latina en donde no se manifieste la herencia cultural africana, aunque en el Caribe y en Brasil su presencia y sus huellas son más visibles e importantes. Las huellas de africanía se manifiestan en la compleja combinación de formas de organización social y política que dan prevalencia a lo colectivo, respetando el tejido de la historia y las trayectorias genealógicas y sus vinculaciones estrechas con los ríos, los playones, los esteros, los manglares, y mediante el emparentamiento con plantas y animales que protegen y definen a las personas, mientras ayudan a aclarar sus derechos y deberes.

Esta parte de la historia de América Latina, la de los pueblos arrasados, desaparecidos, esclavizados y subalternizados, explotados en las plantaciones y en las minas, invisibilizados por la historia construida desde la orilla del capitalismo blanco, masculino, autoritario y cristiano, tiene claves para recuperar prácticas y modelos de pensamiento, lógicas y sistemas de sentido que están ahí y ahora. La gente que vive ese pensamiento es parte de nuestro presente –y tal vez nuestro futuro-; están aquí, en los bosques ecuatoriales, en las playas y playones, en los desiertos y las alturas andinas, en las tierras del sur, en los recovecos de las ciudades latinoamericanas. La transformación está codificada en su arte, en sus canciones, en su poesía y su literatura, en sus representaciones, mitos y rituales.

Al combinar la sabiduría que poseen los pueblos indígenas, afrodescendientes, rom, los campesinos y creadores de los barrios de América Latina con las propuestas de la ciencia crítica, con los avances de los movimientos sociales y su capacidad de cambio, y con las posibilidades que ofrece la tecnología de las comunicaciones, surgen alternativas lógicas distintas a las que impone la lógica del capital y se abren caminos para avanzar en la transformación social ecológica que nos urge. No se trata de volver atrás, de olvidar y desandar lo recorrido sino, como lo expresó hace más de medio siglo Cesaire, el poeta negro: “No queremos hacer revivir una sociedad muerta. Dejamos esto para los amantes del exotismo. Tampoco queremos prolongar la sociedad colonial actual, la más malvada que jamás se haya podrido bajo el sol. Precisamos crear una sociedad nueva, con la ayuda de todos nuestros hermanos esclavos, enriquecida por toda la potencia productiva moderna, cálida por toda la fraternidad antigua”.

Para continuar –y terminar- con Gabriel García Márquez, él cree que nuestra realidad: “no es la del papel, sino que vive con nosotros y determina cada instante de nuestras incontables muertes cotidianas, y que sustenta un manantial de creación insaciable, pleno de desdicha y de belleza (…). Poetas y mendigos, guerreros y malandrines, todas las criaturas de aquella realidad desaforada hemos tenido que pedirle muy poco a la imaginación, porque el desafío mayor para nosotros ha sido la insuficiencia de los recursos convencionales para hacer creíble nuestra vida. Éste es. Amigos, el nudo de nuestra soledad”.

Somos “trabajadores de la cultura”, no en el sentido burocrático, sino en su profunda significación garcíamarquiana de que la “Cultura es la fuerza totalizadora de la creación; el aprovechamiento social de la inteligencia humana” y de que no hay cambio posible sin que revisemos nuestra manera de entender, de comprender, de actuar en el mundo. La prensa, la literatura, la poesía, el teatro, la radio, la televisión, el cine, la música, la danza, la pintura, el diseño, la fotografía, ofrecen un territorio apto para la contracultura y para la generación de nuevos sistemas de valor, más justos, más equitativos e incluyentes. Nos queda un reto grande: el de luchar por la construcción de una política que valore las artes y asegure una vida digna para los hombres y las mujeres artistas, creadores y maestros. Podemos contribuir a la construcción de esa política cultural, podemos buscar las fuentes de su gramática interna en las alternativas disponibles y en los proyectos de las comunidades locales, podemos crear los espacios para interactuar en el entendimiento de sus lógicas y, luego, debemos luchar para que forme parte de las agendas públicas de los gobiernos de la región. Los nexos entre la educación y las artes, la valoración de la ciencia y de los saberes locales y el replanteamiento del urbanismo depredador que toma mucho tiempo de la gente en la movilidad, son parte de las metas requeridas. Para muchos de ustedes hoy es un día final, una conclusión, con un mayor o menor esfuerzo del que sólo saben ustedes mismos. Pero la realidad es que hoy es tan sólo un día más y que la cotidianidad de millones de seres humanos no ha sido interrumpida por su sensación de fiesta. Pero en nuestro corazón está la esperanza: ¿Qué haremos mañana para entregar al mundo, es decir a nuestros padres, a nuestros hijos, a nuestra compañera o compañero, a nuestros vecinos, la posibilidad de una sonrisa que los haga creer en que otro mundo es posible? No hay revolución posible sin esperanza, pero no hay esperanza sin alegría. Ojalá la fiesta de hoy llegue hasta la vida misma de todos los que tenemos que tratar en cada instante de la vida que nos queda. Gracias por estar vivos y por querer seguir amando la vida, la suya y la de todos nosotros.

*Discurso de grado de Gerardo Ardila el pasado 12 de marzo en la Universidad Central. Ardila es el director del Centro de Estudios Sociales CES de la Universidad Nacional de Colombia.

 

 

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