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“Nuestro reto: No solo ser profesores sino maestros”: Presidente de Asocoldep

 

                 Marie Jean Antoine Nicolas Caritat, marqués de Condorcet (1743-1794), quien considera que la Revolución Francesa era la línea divisoria entre el paso y el “glorioso futuro”, creía que había tres cuestiones pendientes en la historia: la destrucción de la desigualdad entre las naciones, el progreso de la igualdad dentro de cada nación y el perfeccionamiento de la humanidad. (WATSON, 2018)

Hace doscientos cuarenta años ya se planteaba la necesidad de eliminar la desigualdad entre las naciones y, por ende, entre los habitantes de un mismo país. Es más del tiempo que llevamos “libres” de la corona española. Y, después de doscientos años de libertad, estamos igual o peor que en 1819.

Si nos atenemos a los resultados que arrojó el Censo realizado por el DANE el año anterior vemos que menos del 1% de la población posee más del 20% de los recursos del país, que existen muchos colombianos que no tienen servicio de acueducto y alcantarillado, ni luz eléctrica ni vías de comunicación.

La pregunta obligada es ¿por qué Colombia, un país tan rico en recursos naturales, en inteligencia de sus habitantes, en juventud, ha tenido un desarrollo apenas incipiente que no ha permitido la disminución de la desigualdad y no ha dado continuidad al perfeccionamiento de su gente?

Por supuesto, la respuesta no es simple. Es un problema multifactorial. Nuestro país ha sido diagnosticado en múltiples oportunidades y se han planteado muchas “fórmulas de salvación”. Sin embargo, la realidad nos permite concluir que dichas fórmulas no han servido y, peor aún, la situación se ha agudizado.

Desde el punto de vista de la Educación, me atrevo a dar algunas respuestas a la pregunta formulada. Para esto voy a citar a don Agustín Nieto Caballero, fundador del Gimnasio Moderno en el año 1914, quien en su libro Los Maestros expresó que:

“para levantar al pueblo a la altura de sus responsabilidades ciudadanas tenemos que “formarlo y no simplemente informarlo”. Un individuo puede estar instruido y carecer de educación. Quizás haya aprendido con toda exactitud las más bellas máximas morales, y pueda recitar sin vacilaciones los mandamientos de la Ley de Dios, y sin embargo su conducta llegue a ser, en el momento más inesperado, la de un bárbaro, si la máxima y el mandamiento no han penetrado en su conciencia y se han hecho parte constitutiva, sustancia verdadera, de su propio ser” (1963:17).

Los docentes, en su mayoría, han realizado la tarea de instruir. Desde el Ministerio de Educación, durante décadas, se han trazado los lineamientos y los estándares educativos, privilegiando los temas que el estudiante debe aprender. Cada vez más, desde el Congreso de la República, se inventan nuevas “cátedras” con el fin de brindar a los estudiantes más saberes. Pero, lo más importante, la formación ética, la clarificación de valores y la vivencia de los mismos se ha dejado de lado o se asume de manera tangencial.

Por eso creo que la labor más importante del docente es la de contribuir a formar mejores seres humanos. John Ruskin, pintor, dibujante, escritor, profesor, crítico de arte, sociólogo británico, fallecido en los albores del siglo XX afirmaba que educar a alguien no es hacerle aprender algo que no sabía sino hacer de él alguien que no existía.

En el encuentro de rectores organizado por la Universidad del Rosario el año anterior expresé la necesidad de volver a lo básico en el sentido de esencial. Volver a los valores. Volver a la integridad. Colombia ya no aguanta más corrupción, no aguanta más que los líderes políticos estén inmersos en componendas y negocios turbios para beneficiarse ellos o beneficiar a un selecto grupo de supuestos empresarios. Colombia necesita gente honesta que viva los valores y haga de ellos su razón de ser.

Esa es la labor inaplazable de los docentes: convertirse en verdaderos maestros. Convertirse en arquetipos de las nuevas generaciones para poder alcanzar algún día la anhelada “civilización”. Más que “saberes”, nuestros estudiantes requieren que los maestros terminen la labor que necesariamente debe iniciarse en los hogares: contribuir a formar el carácter y hacer de los valores las únicas reglas de conducta válidas.

Vuelvo a citar a don Agustín Nieto Caballero:

“Es evidente que el educador debe ser un consejero, un guía, un conductor, pero su tarea quedaría paralizada a mitad de camino si no le enseñara al niño a conducirse por su propia cuenta, si no le diera hábitos de estudio y de trabajo, si no despertara en él el cariño por las cosas del espíritu, si no lo adiestrara en el uso de su discernimiento, si no formara su criterio y su conciencia” (Ídem:42).

Tarea muy difícil de lograr la que sugiere Agustín Nieto para los docentes, y aún más difícil si no se cuenta con hogares bien formados que les inculquen a sus hijos los valores desde la cuna. Cada vez con más frecuencia oímos a los padres la manida frase “quiero que mi hijo sea feliz”, pero asociada a la inercia o al poco trabajo.

Creo que nuestro país necesita jóvenes íntegros, con valores indelebles e innegociables en su interior, con la visión de un futuro sostenible para todos y con el deseo de hacer grande nuestra patria. La tarea del docente, entonces, es la de convertirse en verdadero maestro que sobreponga la formación ética a la transmisión de saberes. Como lo expresaba Agustín Nieto, que forme el criterio y la conciencia para que su estudiante nunca, nunca, nunca, llegue a ser deshonesto y a poner en riesgo su familia y a su país por la ambición de conseguir fortuna.

 

     Walter Abondano Mikán
Presidente

Descargar aquí: “Nuestro reto: No solo ser profesores sino maestros” formato pdf

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