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Notas pedagógicas para una sociedad en crisis (VII)

El presente escrito hace parte de una serie de reflexiones como maestro, sobre la relación entre la educación y la vida, como sustrato de una consciencia para una sociedad equitativa y tolerante.

¿Desde cuándo y por qué se le dio tanto vuelo a la religión dentro de la educación formal, si no en razón a la necesidad de adueñarse de la mente y la voluntad de los niños desde su más lozana infancia? No deberían, por principio, existir los colegios ni las universidades confesionales, pues en la configuración de las creencias y el mundo espiritual —fuero íntimo sobre el cual prima la autonomía del individuo, a la cual no se le da tiempo ni espacio para asumirse—, su competencia le pertenecía enteramente al mundo familiar y las parroquias. ¿Por qué, pues, instaurar la religiosidad —que no la espiritualidad— como forma educativa sobre la base del temor y la violencia, tomando incluso una relevancia desbordada por encima de los demás saberes? Considero que esta pretensión, por demás ultraconservadora, solo gestó un daño sin precedentes en la psiquis general del colombiano, a quien únicamente se le quería servil, obediente y sumiso.

Si hemos de confrontar nuestra realidad, podríamos continuar inquiriendo y preguntando: ¿por qué después de quinientos años de la llegada de los españoles a nuestro territorio, quienes instauraron los preceptos de la “civilización” europea, tenemos frente a nosotros uno de los panoramas más desoladores y desastrosos que un país haya permitido?

Corrupción a los cuatro vientos, una violencia que ha trastocado cualquier índice de razonabilidad y modalidades, de una inhumanidad desconcertante, contra niños, mujeres, ancianos, etc. Además de narcotráfico, mafias de todo tipo, tramitología y burocracia, explotación desmedida e irresponsable, tanto por exceso como por defecto, de “nuestros” recursos naturales, medios de comunicación vendidos, los cuales tienen por principio desinformar y mentir, para encubrir hechos y personajes. Esta triste y terrible radiografía de nuestro país —y eso sin mencionar tantas otras cosas— es el resultado de una historia que, hoy por hoy, nos está cobrando una durísima cuota, cobrada y pagada principalmente por los más vulnerables, lucha desgastante que nos presenta un panorama patológico generalizado, tanto por causa de las políticas públicas como por sus efectos sobre la población y el territorio. Erich Fromm, en su estudio sobre la maldad humana, citaba en El corazón del hombre (FCE): “Nada hay más nefasto para la humanidad que un hombre ordinario con poder extraordinario”, mientras Federico Nietzsche en sus aforismos señalaba: “Triste en verdad es la vida humana, cualquier bufón puede trocarla en fatalidad”, pensamientos con los cuales se cuestionaban la enorme responsabilidad y los peligros que implica tener influencia y poder sobre los hombres, para pasar a la historia como faro a seguir o bellaco para olvidar. Aquí igualmente aludimos a cualquier instancia de poder, así sea desde el hogar, el aula, el estrado, el púlpito o el congreso.

Ya vivimos en nuestro pasado histórico momentos nefastos en los cuales la injerencia del mundo religioso al intervenir en política solo terminó por producir dolor y atraso, como sucedió con las manifestaciones reaccionarias de la Iglesia y el poder político contra la Expedición Botánica (momento que, de no ser truncado, habría tocado las puertas de un futuro muy distinto para Colombia), en las cabezas de los sabios Mutis y Caldas, o el caso de próceres como Antonio Nariño y Manuelita Beltrán, los cuales terminaron mordiendo el polvo de la intolerancia y la incomprensión, características que han alimentado cada una de las contrarreformas llevadas a cabo en nuestro territorio. ¿Debe seguir teniendo la jerarquía eclesiástica injerencia en los asuntos de Estado y más aún en la educación pública y privada? ¿Resulta ético y sano para el país que, a través de los púlpitos y los escenarios litúrgicos, sacerdotes o pastores indiquen por quién votar en cada una de las elecciones para favorecer un partido político, a sabiendas de que el derecho al sufragio es un acto sagrado, individual y de total autonomía?

En los países occidentales que ostentan un alto nivel de desarrollo tecnológico, económico y social, sus políticas educativas han sabido diferenciar muy claramente los aspectos y los ámbitos de acción de la formación integral humana, para los cuales la espiritualidad es un aspecto de autonomía personal, ni siquiera familiar, sobre el cual se decide cuando cada quien ha adquirido, como diría Kant, esa “mayoría” de edad que lo faculta para tomar una decisión trascendental para su vida, por vía de su razonamiento y voluntad. Porque lo razonable pedagógicamente hablando, si hemos de tener en cuenta que participamos de un Estado social de derecho como democrático, es que, antes de pretender mantener una ideología religiosa que se implante como obligación, deberían existir, más bien, cátedras de religiones comparadas, donde se analicen los aspectos que las diferencian, pero sobre todo aquellas que señalan los elementos comunes a todas, en aras de estimular la convivencia y la comprensión, y no como ha venido sucediendo hasta hoy, separando en guetos mentales y colectivos a la humanidad, acrecentando sus odios entre sí, bajo la soberbia pretensión de ser los poseedores de la verdad. Hoy por hoy, son cada vez más los pensadores y académicos influyentes, como Hans Küng o el mismo dalái lama del budismo tibetano —entre otros—, quienes propenden por una mirada holística e integral de la espiritualidad humana, que beneficie un diálogo de saberes enriquecedor, el cual debería tomar en nuestro país ejemplo en la aproximación de nuestra supuesta modernidad y civilización, con las formas ancestrales, antes de que estas terminen por apagarse y desaparecer.

Dejo aquí, para su reflexión, uno de los puntos del foro internacional Manifiesto por la Vida, “Por una ética para la sustentabilidad”, llevado a cabo en Bogotá en el 2012, que exige una mirada honesta y equilibrada, más allá de los credos políticos y religiosos, porque lo que está en juego nos concierne a todos, por encima de nuestras diferencias:

“La ética para la sustentabilidad es una ética de la diversidad donde se conjuga el ethos de diversas culturas. Esta ética alimenta una política de la diferencia. Es una ética radical porque va hasta la raíz de la crisis ambiental para remover todos los cimientos filosóficos, culturales, políticos y sociales de esta civilización hegemónica, homogenizante, jerárquica, despilfarradora, sojuzgadora y excluyente. La ética de la sustentabilidad es la ética de la vida y para la vida. Es una ética para el reencantamiento y la reerotización del mundo, donde el deseo de vida reafirme el poder de la imaginación, la creatividad y la capacidad del ser humano para transgredir irracionalidades represivas, para indagar por lo desconocido, para pensar lo impensado, para construir el porvenir de una sociedad convivencial y sustentable, y para avanzar hacia estilos de vida inspirados en la frugalidad, el pluralismo y la armonía en la diversidad”.

Fuente: Periodico El Espectador

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