El deporte no es solo deporte

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La semifinal estaba 46 a 46 y quedaban cinco segundos. En ese instante le hicieron el pase al jugador que yo defendía, me sacó un paso y encestó. El tiempo se estiró como si no quisiera avanzar, pero al final fue lo que era, una derrota. Lo curioso es que, incluso pasados mis cincuenta años, el deporte sigue teniendo ese efecto sobre mí, una mezcla de intensidad, aprendizaje y reflexión que no se apaga. Vinieron después horas de repasar la jugada, de reconstruir mentalmente el partido, de preguntarme qué hubiera podido hacer distinto. Y, al mismo tiempo, la sensación profunda de haber compartido algo valioso, de haber hecho equipo, de haber construido una pequeña comunidad alrededor de ese esfuerzo común.

Ese partido, como tantos otros, dejó algo más que un resultado. Dejó preguntas, aprendizajes, vínculos. Y me llevó de nuevo a una inquietud que he escuchado muchas veces en padres, estudiantes y educadores, ¿vale la pena tanto esfuerzo por algo que, en la mayoría de los casos, no será una carrera profesional?

La pregunta es legítima. Y sin embargo, tal vez está mal formulada.

Un dato que ha circulado con fuerza en distintos estudios sobre liderazgo resulta, por lo menos, provocador: el 95 por ciento de los CEO de empresas Fortune 500 practicaron deporte competitivo, y el 94 por ciento de las mujeres en posiciones ejecutivas también fueron atletas. Pero hay algo aún más revelador, entre más tiempo permanecieron en el deporte, mayor la probabilidad de ocupar posiciones de liderazgo.

No es una coincidencia. Tampoco es magia. Es, más bien, una pista de algo que muchas veces no vemos a tiempo.

El deporte nunca fue solo deporte.

Durante años, padres, colegios y los mismos estudiantes han tendido a evaluar el deporte bajo una lógica de resultados visibles, ganar o perder, ser titular o suplente, llegar o no a un nivel profesional. Bajo ese lente, el balance parece, en muchos casos, poco convincente. Pocos llegan a vivir del deporte. Muchos se quedan en el camino.

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Pero esa mirada pasa por alto lo esencial. El deporte no es, en la mayoría de los casos, un fin. Es uno de los medios más poderosos que tenemos para formar a una persona.

Pensemos en lo que realmente ocurre en ese entrenamiento de madrugada, en ese partido perdido, en ese momento en que el cuerpo ya no quiere más pero la mente insiste. Pensemos en la relación con un entrenador que corrige, exige y, a veces, incomoda. En el silencio después de una derrota, cuando no hay aplausos ni recompensas inmediatas. En la rutina, en el esfuerzo, en la repetición, en la constancia.

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